Nikkeijin, la identidad entre fronteras y el cine de la memoria



Paula Ibarra Flores

pibarra@erreizando.com 


¡Comparte!


En junio de 1990 el gobierno japonés reformó la Ley de Control Migratorio y Reconocimiento de Refugiados, introduciendo el término legal de nikkeijin, que hace referencia a los descendientes de migrantes japoneses en otros países. Esta reforma permitió el acceso a visas de larga duración con pocas restricciones económicas e impulsó un flujo migratorio de nikkeijin latinoamericanos que van a Japón en búsqueda de mejores oportunidades de trabajo. Más de 310,000 nikkeijin brasileños residen actualmente en Japón, siendo el tercer grupo más grande de ciudadanos extranjeros.

Esta migración masiva desde Brasil tiene su origen en las políticas de emigración del gobierno japonés a finales del siglo XIX; donde Brasil fue el destino más importante de migración japonesa. El fenómeno de migración circular Japón-Brasil, que caracteriza a la comunidad nikkei, crea una brecha identitaria entre generaciones y un dilema que se muestra a través de las películas.

La producción cinematográfica que se origina en este ir y venir migratorio está acentuada por una discontinuidad entre el origen y el arribo; entrelazando identidades y una patria construida entre nacionalismos y oposiciones; donde el retorno a Japón siempre fue una opción en el imaginario colectivo, pero no en la realidad económica, al menos de la primera generación de inmigrantes. 

La presencia de representaciones visuales en esta narrativa no debe de ser tomada como un simple producto de entretenimiento, sino como una lucha por existir remarcando y rescatando la identidad. El cine es una herramienta para socializar a las nuevas generaciones que crecen sin saber lo que es y lo que era Japón. Buscando una identidad japonesa a miles de kilómetros de distancia, el cine funge como patrimonio identitario y hace saber a las comunidades que ellos no solo existen, sino que también resisten en el imaginario colectivo y en la memoria cinematográfica.

El boom poblacional ocasionado por La Restauración Meiji (1868) terminó en una crisis demográfica con un alto índice de pobreza y desempleo. Ante esto, el gobierno japonés decidió estructurar un programa de emigración a otros países. Los primeros grupos de emigrantes fueron a Hawái, Canadá y Australia, pero las políticas anti-orientales de estos gobiernos los obligaron a migrar hacia el Sur.

Un dato interesante es que el gobierno japonés y el gobierno estadounidense firmaron un acuerdo secreto para no permitir el paso de migrantes a México de manera que se evitase que en un futuro intentarán cruzar la frontera a EE. UU. Sin este acuerdo México probablemente hubiera sido el país con mayor cantidad de japoneses de América Latina.

Por otro lado, en Brasil se necesitaba mano de obra barata por la abolición de la esclavitud de 1888. Para ambos gobiernos la migración japonesa representaba un beneficio económico y político, así que rápidamente empezó un flujo constante de japoneses que llegaban a trabajar con sus familias a las plantaciones de café en Brasil. El plan de la mayoría de los inmigrantes era crear pequeñas fortunas y después regresar a Japón, pero no tardaron en darse cuenta de que la realidad de sus salarios no podría financiar sus planes.

Las condiciones de los trabajadores eran casi esclavizantes, era un trabajo pesado con un bajo sueldo, no solo no se podían amasar fortunas, sino que costaba trabajo no caer en deudas. Ante las dificultades, los japoneses se agruparon en comunidades y poco a poco se creó una colonia japonesa con asociaciones y escuelas para los niños, donde podían aprender japonés y se ayudaban entre sus comercios. En 1908 se produjo el cortometraje Apanhando Café nas Fazendas Paulistas, que constituye el primer documento fílmico que busca retratar la vida en las plantaciones de café. 

Algunos japoneses lograron establecer pequeños negocios en los suburbios de São Paulo, pero con la llegada de Getúlio Vargas al poder, se impusieron estrictos controles para los residentes extranjeros, como la prohibición de la enseñanza del japonés y sus imprentas. Después de que empezara la Guerra en el Pacífico, Brasil rompió relaciones con Japón en 1941 y la representación diplomática salió de São Paulo, dejando a la colonia japonesa sin protección alguna contra las medidas del régimen; las restricciones se endurecieron, se prohibió hablar japonés en público y tener reuniones solo con inmigrantes japoneses. 

La represión social y política, aunada a la violencia económica, llevó a los japoneses a protegerse en su identidad, cultivándola incluso con mayor fervor que cuando estaban en su patria. Para los inmigrantes la victoria de Japón en la Segunda Guerra Mundial pasó a ser su única esperanza para librarse de la tiranía del régimen de Vargas y su manera de expresarlo era mediante la adoración al emperador como reafirmación de su etnicidad.

Conforme creció la comunidad japonesa en Brasil se empezaron a crear cines que importaban sus carteleras de Japón, las películas de samuráis y de las guerras tenían un papel sustancial en la socialización de valores, la comprensión del honor, la solidaridad, el respeto y las estructuras sociales; puntos importantes de su identidad que les daban las fuerzas necesarias para superar las dificultades de vivir en un país lejano.

Sin embargo, el 14 de agosto de 1945 llegó la noticia de que Japón había perdido la guerra y, peor que eso, que el emperador negaba su divinidad. Los inmigrantes dudaron de la veracidad de la noticia y los grupos nacionalistas la acusaban de ser una propaganda de los Estados Unidos.El 90% de los inmigrantes creía en la victoria de Japón.

La colonia japonesa se dividió en dos bandos; los que creían en la victoria y los que aceptaron la derrota, éstos últimos empezaron a ser vistos como traidores. La película Corações Sujos (2011) analiza este proceso histórico donde surge la organización terrorista Shindo Renmei como un impulso de reagrupamiento nacionalista ante la confusión, desintegración y opresión de las políticas de Vargas.

La primera generación de migrantes no logró integrarse a la comunidad brasileña, pero educaron a sus hijos para que ellos no tuvieran mayores problemas. La segunda y tercera generación consiguieron aprender portugués e incluso algunos alcanzaron a estudiar en importantes universidades. La comunidad de inmigrantes japoneses terminó por ganarse el respeto del resto de la población y Liberdade pasó a ser conocido como el Japantown de São Paulo.

En los años ochenta la economía de Brasil era un caos al estar totalmente fuera del control gubernamental. En contraste, la economía japonesa estaba en pleno auge y la imagen de Japón en el mundo había pasado del enemigo público al modelo a seguir. Sin embargo, su industria manufacturera se encontraba escasa en mano de obra y esto llevó a algunas pequeñas y medianas empresas a la bancarrota.

Ante esto el gobierno hizo una reforma a su ley de control migratorio, facilitando la entrada de los nikkeijin al país. A mediados de los ochenta, algunos de los brasileños nikkei de segunda y tercera generación empezaron a migrar a Japón en búsqueda de mejores salarios trabajando en el sector manufacturero.

Para sorpresa de muchos, Japón no era el paraíso que esperaban y era común que los jóvenes nikkei denunciaran la constante discriminación que vivían en sus barrios y la exclusión de las prácticas comunitarias. Además, tenían poco tiempo para socializar puesto que el salario no era tan alto como pensaban y ocupaban casi todo su día en maximizar sus ganancias para poder regresar a Brasil con dinero. 

Como lo muestra el documental Lonely Swallows (2011), en la actualidad, los hijos de los nikkeijin también pasan graves dificultades, especialmente en el ámbito educativo. La educación en japonés hace casi imposible que logren los rendimientos académicos que exigen las escuelas públicas y, por otro lado, los niños se ven sometidos a estrictas normas de convivencia, prejuicios culturales e incluso acoso escolar. El nivel de deserción en los hijos de padres nikkei es muy elevado y muchos terminan cayendo en las redes de organizaciones delictivas, siendo esta una de las mayores preocupaciones de la comunidad brasileña en Japón. 

El gran flujo de brasileños nikkei a Japón también afecta de manera sustancial la vida de aquellos que se quedan en Brasil. Tan solo en 2006 se registró que el 22% de la población nikkei de Brasil se encontraba viviendo en Japón, es decir, uno de cada cinco integrantes ha abandonado su país de origen. Esto representa una fuga de los miembros más jóvenes y una falta de sucesores para la comunidad.

La migración circular entre Japón y Brasil se caracteriza por ser un ciclo vicioso de búsqueda de mejores salarios, precarización, discriminación y el conflicto de identidades. Las primeras generaciones desarrollaron un nacionalismo férreo como mecanismo de defensa ante las políticas restrictivas y racistas de Vargas, mientras que sus descendientes, se identifican a ellos mismos como brasileños nikkei y tienen problemas para adaptarse al regreso a Japón. En esta narrativa, el cine va a asumir el papel de mensajero intergeneracional, llevando la memoria a través de lugares y tiempos distintos.

4 comentarios sobre “Nikkeijin, la identidad entre fronteras y el cine de la memoria

  1. Qué gran artículo. Muy interesante la perspectiva que brindan. Los flujos migratorios no son exclusivos de América Latina hacia EE.UU. o incluso de África a Europa. Todos los elementos que sugieren para comprender mejor la situación que describen me parecen geniales, sin duda los añadiré a mi lista de películas pendientes 🙂

    1. Agradecemos mucho tu comentario. En ese respecto, la autora resalta que tal y como tú lo mencionas, los flujos migratorios entre Japón y Brasil no son tan estudiados como los de América Latina y Estados Unidos, pero sin duda son temas importantes. Por otro lado, nos alegra que tomes en cuenta las recomendaciones. Saludos cordiales, esperamos más comentarios al respecto.

Deja un comentario

Contact Us