Mujeres contra las industrias culturales



Luis Andrés González

luisandresgg@erreizando.com 


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En un sistema patriarcal y capitalista, no es sorpresa que las mujeres sean despojadas de su arte y trabajo como víctimas de industrias culturales. Esto sucede, en especial, cuando un reducido número de personas que las dirigen (hombres, fundamentalmente) se aprovechan de los dotes de mujeres que están buscando cumplir sus sueños. Tan solo recientemente algunas mujeres han puesto un alto a los atropellos en este medio: Taylor Swift y Scarlett Johanson son los casos más renombrados. 

Para entender lo anterior, es importante recordar que las industrias culturales y el arte no son lo mismo [1]. Mientras que en el arte se trata de representar un aspecto de la vida de la persona que lo produce, sea emoción, recuerdo o contexto, las industrias culturales buscan producir para comerciar con los productos. Aunque el arte puede ser intercambiable y merece ser pagado, no se basa en las ventas para encontrar su inspiración. En resumen, a las industrias culturales las guía el mercado y al arte lo guía la expresión humana.

Lo contradictorio de este punto es que las industrias culturales están  compuestas, en su mayoría, por artistas, como cantautoras, actrices, escritoras, comediantes, etc. A pesar de ello, la capacidad de decisión sobre sus producciones están supeditadas a los intereses de quienes financian, publican y difunden las obras, ya que, en un mundo globalizado y guiado por el consumo, se requiere de un gran sustento económico para hacer popular estas obras alrededor del  mundo. Si una artista quiere volverse famosa, necesita de una casa productora que le guíe. 

Sin embargo, las artistas siguen teniendo voluntad propia e ideas que quieren dar a conocer. Se dan cuenta de que tienen el derecho de ser remuneradas por su trabajo y por su arte. Cuando, por el contrario, notan que su voluntad se deja de lado y que sufren atropellos con respecto a las ganancias que les corresponde por su arte, se enfrentan a las gigantes industrias culturales. 

Como primer ejemplo tenemos el caso de Taylor Swift. La cantante estadounidense de country y pop firmó su primer contrato con la compañía Big Machine Label Group cuando tenía solo 15 años. Con la aspiración de dar a conocer su música y sus talentos, accedió a que la firma controlara los derechos sobre las grabaciones, aunque ella tendría derechos sobre las letras de sus canciones. Así grabó sus primeros seis discos, que incluyen algunas de las canciones favoritas de sus fanaticxs, lxs swifties, como Love Story, We Are Never Getting Back Together y Look What You Made Me Do (y nótese que no ponemos enlace para esta última).

Sin embargo, esto se volvió un problema cuando, en 2019, Scooter Braun compró Big Machine, que maneja artistas como Justin Bieber y Ariana Grande, tan solo para re-venderla en 2020. En esta transición, Taylor vio el cambio de poder sobre sus obras dos veces sin previo aviso. De hecho, en la segunda venta, Braun explícitamente pidió que la adquisición se mantuviera en secreto de Swift y su equipo, amenazando con terminar la venta si la artista se enteraba. Y es que Taylor cambió de compañía en 2018 para recobrar el control sobre las grabaciones y buscó a Braun en repetidas ocasiones para comprar de vuelta las que seguían con Big Machine, siempre recibiendo negativas.

Harta de esta situación, Taylor se reveló en contra de la industria que manipuló sus canciones y videos musicales atropellando sus derechos y ganancias. La cantautora decidió regrabar sus letras, de las que tiene derecho, en pistas ligeramente diferentes. Así, los discos Fearless de 2008 y RED de 2012 se reestrenaron en 2021 en la versión de Taylor; literalmente: Fearles (Taylor’s Version) y Red (Taylor’s Version). Sin más disculpas, la artista retomó el control de su arte y se espera que haga lo mismo con los otros 4 discos, entre los cuales está Look What You Made Me Do, a la que no enlazamos porque no hay Taylor’s Version.

Otro caso sumamente conocido es el de Scarlett Johanson quien, en su última participación en el Universo de Marvel creado por Disney, acordó grabar la cinta Viuda Negra o Black Widow antes de que comenzara la pandemia.  Sin embargo, lo que nunca acordó es que esta película fuera estrenada de forma simultánea en cines y en Disney+, la plataforma de streaming del gigante del entretenimiento. Se calcula que, con esto, la actriz tuvo pérdidas por 50 millones de dólares. 

El contrato con Scarlett estipulaba que tendría un salario por su actuación y un bono por el éxito en taquilla. Es común que después de ese momento, las casas productoras puedan reproducir el trabajo en otros formatos, como el streaming, y lxs artistas saben que podrían no ver los frutos de ello. Con lo que la actriz no contaba, en cambio, es que las ganancias en taquilla de la película serían mermadas con el estreno simultáneo en la plataforma en 2021: el bono que esperaba fue significativamente menor. 

La actriz presentó en julio una demanda en contra de Disney por incumplimiento de contrato. (In)creíblemente, la casa productora la acusó de ser insensible con la pandemia y de no tener cariño por lxs fanáticxs de Natasha Romanoff (Black Widow), contrario a lo que demostró cuando filmó embarazada Los Vengadores: La Era de Ultron. Incluso actrices como Emma Stone y Emily Blunt, quienes tenían en puerta los estrenos de Cruella y Jungle Cruise respectivamente declararon abiertamente estar de acuerdo con Scarlett y amenazaron con demandar también. 

Después de las disputas, la actriz y la casa productora llegaron a un acuerdo en septiembre, el cual incluso la invita a su participación en series como What If…?, del mismo universo cinematográfico, para el futuro. En el comunicado lanzado por parte de la actriz  dijo estar feliz porque disfrutaba del trabajo que hacía con Disney. Es claro que simplemente no permitiría que abusaran de ella. 

Aunque estos son de los casos más recientes y más conocidos, no es la primera vez que sucede. Tampoco es particular a los Estados Unidos y su industria cultural. En Corea del Sur, por ejemplo, Hyuna, una cantante de K-pop, se negó a regresar a una compañía que sexualizaba su cuerpo después de que la despidieran por hacer pública su relación con Dawn, miembro de una banda de la misma compañía. En Latinoamérica, María Antonieta de las Nieves, actriz que interpreta a La Chilindrina en las producciones de Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, ganó una demanda en contra de la gigante Televisa y Gómez Bolaños quienes aseguraban que la actriz no tenía derecho a usar la personaje a pesar de ser de su creación. 

En conclusión, los casos de mujeres víctimas de las industrias culturales abundan y lamentablemente son pocas las que tienen las herramientas para levantarse en contra de ellas. A pesar de ello, hay ejemplos que demuestran que las artistas tienen derechos y no deben permitir abusos en su contra. En general, esto es solo un síntoma más de un patriarcado global que sigue afectando la autonomía de las mujeres, sobre sus cuerpos y trabajos. Una sociedad sumamente violenta contra las mujeres. 

Dale like a este artículo si crees que deberíamos ahondar en los casos de Hyuna y María Antonieta de las Nieves. Y si conoces otro caso como los anteriores, escríbenos en los comentarios. 


Notas:

[1] Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, “The Culture Industry: Enlightenment as Mass Deception” en Meenakshi Gigi Durham y Douglas M. Kellner (eds.), Media and Cultural Studies KeyWorks, Oxford, Blackwell, 2006. p.42

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