¿Mal de todos, bien de la Tierra?: La crisis y la imaginación como potencial de cambio



Paola Jiménez de León

Leonel Campuzano

leocampr@erreizando.com 


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“Las tareas ante nosotros son excepcionalmente dificultosas. Pero nos ofrecen, individual y colectivamente, la posibilidad de la creación, o al menos de contribuir a la creación de algo que pueda satisfacer más plenamente nuestras posibilidades colectivas.” (Wallerstein, 2006)

Como ya sabemos, la crisis internacional causada por el covid-19 ha puesto en jaque las actividades humanas en todas las áreas de la vida cotidiana. También, la pandemia mundial, relegó a un segundo plano a temas que estaban en el ojo de las agendas internacionales y de la opinión pública y que son sumamente importantes de retomar como lo es el cambio climático.Durante las últimas décadas, hemos sido testigos de que las alternativas y los esfuerzos que surgen en el seno de los organismos internacionales han demostrado no ser suficientes y en algunos casos ni siquiera útiles para contrarrestar la crisis medioambiental.

De hecho, acontecimientos como la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, han restado fuerza a lo poco que se había logrado, creando a su vez un espacio “libre de normativas” que evita controlar los efectos de la contaminación sobre el planeta en pro de permitir el libre desarrollo de las empresas, dedicadas en su mayoría a la extracción y factura de productos que terminan por afectar al medio ambiente en cada uno de sus procesos de producción.

Por otra parte, las acciones emprendidas desde los gobiernos de los Estados parecieran simplemente ser normativas generadas al vapor para cumplir en el exterior con las exigencias internacionales y así continuar con los mismos niveles de producción y consumo al interior, dejando la responsabilidad de los gobiernos y las grandes empresas en manos de la ciudadanía y el consumidor, quien cree que la acción individual es la única forma de luchar contra un reto global.Con este panorama en mente es que podemos imaginar que las alternativas en contra de los efectos ecológicos causados no por la humanidad entera, sino por una muy pequeña parte de ella, puedan venir de sectores no tradicionales y locales que pueden aprovechar la actual crisis mundial originada por la pandemia, para potencializar su capacidad de acción.

Notas como “Los inesperados beneficios de la epidemia de covid-19 para el medio ambiente” (El Universal,2020) se pueden encontrar en medios digitales y diarios internacionales, dejando ver como el freno de una parte del sistema capitalista ha resultado beneficioso para que los ecosistemas retomen sus metabolismos biológicos, históricamente desplazados por el insaciable saqueo. Pareciera que la Tierra estuviese gestionando a nuestra especie como el virus que le enferma a ella.

Más aún, además de este irremediable detenimiento de los procesos productivos y de comunicación a los que nos llevó el Covid-19, la crisis mundial actual puede ser, también, un proceso catalizador de luchas y movimientos ecologistas. En este sentido, es importante generar, desde las Ciencias Sociales, reflexiones para entender cómo los momentos de crisis pueden ser aprovechados por ideologías que buscan corromper formas de organización económica tradicionales.

Immanuel Wallerstein, uno de los principales científicos sociales de nuestra época, teorizó acerca de la forma en la que funciona el sistema socioeconómico en que vivimos (capitalismo), así como sus períodos de cambio y crisis. En este sentido, una de las aportaciones más importantes de Wallerstein fue analizar cómo los períodos en que el capitalismo está en crisis, son adecuados para potencializar movimientos sociales y formas de pensar que no se adecuan a los moldes de la cultura predominante debido a que, es gracias a las fallas del sistema que nosotras y nosotros somos capaces de darnos cuenta que hay algo en nuestra normalidad que no funciona adecuadamente.

TAMBIÉN, LAS GRANDES CATÁSTROFES QUE VIVIMOS COMO SOCIEDAD, NOS EXIGEN PENSAR MÁS ALLÁ DE LO QUE SE NOS HA ENSEÑADO A PENSAR: SOLUCIONES INIMAGINABLES PARA PROBLEMAS INIMAGINABLES.

La actual crisis sanitaria, social, ecológica y económica, puso en evidencia que hemos construido una economía sumamente débil y dependiente, que los sistemas de salud del mundo son insuficientes y que, si bien los problemas globales pueden comenzar en las clases socioeconómicas más altas, terminarán devastando a las más bajas. En el ámbito ecológico, el Covid-19 puso en evidencia que nuestra relación con la naturaleza no es la adecuada, dado que el virus surgió a raíz del uso de animales silvestres para alimento y su expansión se debió, al igual que muchas enfermedades similares, a la crianza intensiva de animales de manera agroindustrial (revo, 2020).

En este sentido, es importante comenzar a imaginar nuevas formas de organizar la economía y la vida misma. Es tiempo de pensar fuera de la caja y reconocer a los movimientos en defensa del territorio, por ejemplo, como luchas que van más allá de la propiedad y que proponen otras formas de relacionarnos con la naturaleza que no son de dominación y apropiación. O de pensar que el problema no queda únicamente en nuestros hábitos de consumo, sino que primordialmente deriva de los ritmos de producción y de la serie de “necesidades” que se nos han impuesto a los humanos como innatas para satisfacerlos.

De diversas formas, la humanidad es responsable por lo que sucede en el mundo, aunque algunos son más responsables que otros y a su vez, los diversos actores también tienen capacidades distintas.

La crisis propone el escenario ideal para que se pugne porque los beneficios que la tierra ha experimentado sean durables y no simplemente invisibilizados al paso de la contingencia internacional, ya que la crisis sanitaria actual ha demostrado que no es necesario acabar con toda actividad humana para frenar los efectos negativos que esta ha provocado.

Las alternativas al impacto sobre el medio ambiente provocadas por el sistema capitalista y sus pilares (empresas, gobiernos, privilegios de raza, género y clase entre otros) deberán responder a realidades inmediatas de cada geografía tomando en cuenta las capacidades de los espacios y las personas así como ser interseccionales no solo en el ámbito de la producción y el consumo sino en la forma en que las sociedades se comunican.

Es lamentable que deba ser una situación así la que nos haga poner la atención sobre el tema, sin embargo, es propicio pensarlo ya que, si existen constantes en esta vida, unas importantes son el cambio y el caos mismos que permiten el proceso de existencia en este planeta.

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