“Batallas de gallos”: Industrialización de la cultura del freestyle



Marla Cepeda Castro


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El mundo está impregnado de la cultura que los seres humanos creamos y vamos dejando como un rastro de nuestra existencia. Normalmente la asociamos con lo que vemos en el cine, la música o los museos, pero la cultura va más allá; es todo el entorno que a cada unx nos rodea y que al mismo tiempo conformamos tanto en lo social como en lo personal, como en las fiestas, los trabajos, las escuelas y las calles donde hay costumbres, comportamientos y sentimientos que expresamos. La música, por su parte, es una forma de expresión artística donde, además de constituir a la cultura, se logra representar. A lo largo del tiempo, las formas y los fines de hacer música han cambiado y evolucionado conforme a las variaciones de los contextos culturales de las sociedades. Así, en la actualidad, la música es una forma muy humana de compartir conocimientos y sentires que, sin embargo, se ha aprovechado para formar de ella una industria comercial cada vez más globalizada.

La industrialización que implica esta globalización se traduce en que la cultura se expanda y se difunda por el globo, clasificándose en: lo culto, lo popular y lo masificado. Así es que se convierte en un producto, al cual se le invierte un capital y lleva a cabo un proceso de producción comercial que, al mismo tiempo, lxs consumidores podemos apreciar de manera accesible en diversos medios de comunicación o formatos como discos, DVD y el internet, principalmente. (Gámir, 2004).

Una ejemplificación sobre la comercialización de la expresión artística son las batallas de freestyle como espectáculos masivos a nivel internacional, y sobre todo en países de lengua hispana. Estas eran reconocidas por ser comúnmente practicadas en plazas públicas de las ciudades y por tratarse de enfrentamientos espontáneos entre raperos. Dicha comercialización las ha colocado en la industria cultural de eventos masivos. Para hablar sobre el freestyle debemos comprender que, en el caso del Rap, se trata de improvisar versos con rima y ritmo. No obstante, el arte improvisado no necesariamente ha sido una práctica exclusiva de este género musical. De hecho, se piensa que estas prácticas se originan con la improvisación poética desde recitales en ceremonias de la antigua Grecia o festivales en Roma. A través de los siglos se ha preservado y adecuado en distintos géneros musicales que se escuchan hasta la actualidad, como la improvisación instrumental en el Blues en Estados Unidos o en los versos del Huapango en México.Por su parte, el Rap es una de las cuatro expresiones artísticas que conforma la cultura del Hip-hop, que surge en la década de los 70 por personas bajo un contexto social marginal, discriminado y violento entre barrios como el Bronx o Brooklyn en Estados Unidos. Se ha considerado un movimiento cultural transgresor y reivindicativo respecto a cuestiones sociales, empezando por el racismo y la desigualdad que han sufrido las comunidades afroamericanas y latinas al norte del continente americano. 

Las batallas de freestyle comenzaron a popularizarse en el mundo por la batalla final en la película 8 Mile (2002), protagonizada por el rapero estadounidense Eminem. Debido a la impresión que generó esta película, en 2005, la compañía austriaca Red Bull organizó la primera Batalla de “Gallos” en el Club Gallístico de San Juan en Puerto Rico, con una capacidad muy reducida de máximo 1000 personas. Sin embargo, estos eventos actualmente han llegado hasta los 24,000 espectadores como lo fue en 2019 en el estadio RCDE de Barcelona, pues se han convertido en una especie de deporte de alto rendimiento, cada vez más profesionales y exigentes al momento de competir. 

Esta modalidad de competiciones de freestyle se ha popularizado sobre todo en los países hispanohablantes, donde las competencias llenan los calendarios cada mes gracias a que existe un respaldo económico que ha potencializado la masividad de estos espectáculos, poniendo en duda la autenticidad del Rap que se hace sobre los escenarios. (Cepeda, 2009)Por un lado, el hecho de que marcas tan poderosas de la industria fabriquen con esta cultura tendencias de consumo no garantiza que conserve su calidad artística. A lxs raperxs, al firmar contratos, se les impone reglas sobre la forma de improvisación en el escenario y deben cumplir con la métrica, rima, el estilo o flow y técnica para seguir ascendiendo en las competiciones. Esto evidencia un despojo de la libertad artística que implica la expresión cultural. Asimismo provoca que los y las artistas que decidan llevar a los escenarios rimas sobre luchas sociales –como se ha dado con el feminismo con raperas como Sara Socas– se vea limitadxs, pues deben seguir los protocolos de la industria y hacer un espectáculo de batalla, más que un verdadero ejercicio dialéctico, para un público que no se interesa en las raíces del Rap ni del movimiento cultural al que pertenece.

Por otro lado, esta industrialización puede beneficiar para la expansión a nivel internacional de expresiones culturales que normalmente se catalogan como arte callejero y se les asocia bajo un mal concepto en la sociedad. Asimismo, a pesar de estar limitadxs, lxs raperxs pueden poco a poco poner sobre los escenarios temas de incidencia social frente a una masiva audiencia. 

En conclusión, la industrialización de las batallas de freestyle pueden tener pros y contras muy importantes, no obstante, siempre será necesario crear consciencia de las repercusiones que esta industrialización y comercialización genera en cuanto a la autenticidad y conservación de la cultura.

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